Leo ajustó el trípode de su telescopio, asegurándose de que las patas estuvieran firmes sobre el pasto húmedo del patio trasero. El aire de la noche era fresco y el cielo se veía de un azul aterciopelado y profundo. Había esperado toda la semana esta noche especial porque la luna estaba en su fase gibosa creciente. Esto significaba que los cráteres a lo largo del "terminador" —la línea entre el lado iluminado y el lado oscuro— se verían muy profundos y dramáticos a través de su lente.
—¡La encontré! —susurró Leo para sí mismo. Entrecerró los ojos frente al ocular y giró despacio la perilla de enfoque hasta que el círculo blanco y borroso se transformó en un paisaje nítido y escarpado. Para Leo, parecía una bola gigante de helado de galletas con crema, llena de ondulaciones y hoyos grises. Estaba buscando el Mar de la Tranquilidad, la llanura volcánica plana donde los primeros humanos habían aterrizado hacía décadas. Aunque sabía que no podía ver el módulo lunar real con un telescopio pequeño, solo saber exactamente dónde estaba hacía que su corazón latiera con fuerza.
Mientras observaba, una nube delgada y ligera pasó flotando frente a su vista. Parecía un velo fantasmal que cubría la superficie luminosa. Leo suspiró y dio un paso atrás para mirar el cielo a simple vista. Pensó en cómo la luna es el único satélite natural de la Tierra, orbitando nuestro planeta como un guardián silencioso. Era asombroso pensar que mientras él estaba allí parado en pijama, esa enorme roca reflejaba la luz del sol desde miles de kilómetros de distancia y atraía los océanos de la Tierra para crear las mareas.
De repente, la nube avanzó y la luna apareció más brillante que antes. Leo volvió a mirar por el lente. Los cráteres eran tan claros que podía ver las sombras proyectadas por los picos de las montañas en el centro de algunos de ellos. Se sintió pequeño, pero de una manera agradable, como si fuera una parte diminuta de un universo inmenso y hermoso. Se quedó afuera hasta que su mamá lo llamó para entrar, con la luz plateada de la luna aún brillando en sus ojos mucho después de haber cerrado las cortinas de su habitación.



