Las sombras del desván de San Ignacio
mmaira8.º gradoDiario5 min de lectura817 palabras


12 de octubre
Papá insiste en que mudarnos a esta vieja casona en las afueras de San Ignacio es una gran oportunidad para la familia, pero yo solo veo un laberinto de madera crujiente, humedad y secretos mal enterrados. La casa permaneció deshabitada durante más de cuatro décadas antes de que la compráramos en una subasta judicial. Todo aquí huele a alcanfor rancio y polvo acumulado. Mi habitación está en el segundo piso, justo debajo del desván.
Esta tarde, mientras desempacaba mis libros, escuché con total claridad un sonido seco sobre mi cabeza: un compás rítmico, como si alguien arrastrara una silla pesada de madera y luego dejara caer canicas diminutas sobre las vigas. Cuando le pregunté a mi hermana Lucía si había subido a curiosear, se burló de mí diciendo que eran ratones de campo. Sin embargo, los ratones no caminan con el peso de una persona ni respiran con el jadeo sordo que creí percibir cuando pegué la oreja al techo de mi armario.
14 de octubre
El frío de este lugar es antinatural; cala los huesos sin importar cuántas capas de ropa me ponga ni cuántos leños encendamos en la chimenea de la sala. Anoche el insomnio se volvió insoportable. A las tres de la madrugada, las pisadas en el ático cesaron de golpe y dieron paso a un golpeteo suave y constante en la pared contigua a mi cama, exactamente tres golpes cada cinco minutos: tac, tac, tac.
Decidí investigar por mi cuenta. Armado con la linterna de mi teléfono celular, subí la estrecha escalera de caracol que conduce al desván. La puerta de roble estaba sellada con un candado oxidado, pero la madera alrededor del cerrojo estaba tan podrida que cedió con un leve empujón. El aire allí arriba estaba congelado y cargado de una neblina espesa y blanquecina.
Al centro de la habitación no había muebles viejos ni cajas olvidadas, solo un espejo de cuerpo entero con un marco de hierro forjado cubierto por una sábana percudida y, frente a él, dibujada en el suelo con tiza rojiza, una serie de símbolos circulares concéntricos. Tropecé con un pequeño cuaderno encuadernado en cuero desgastado que yacía en el piso. Pertenecía a un tal Julián Mendoza, fechado en 1889. La última página decía con trazos temblorosos: «No es un reflejo lo que habita en el cristal; es una puerta que aprende a imitar tu rostro para cruzar».
15 de octubre
Lucía ha comenzado a actuar de un modo sumamente inquietante. Esta mañana bajó a desayunar en completo silencio, sin mirarnos a los ojos y con una rigidez corporal que nunca antes le había visto. Cuando mamá le sirvió el desayuno, Lucía sostuvo el tenedor con la mano izquierda de una manera torpe, a pesar de que toda su vida ha sido diestra. Lo más aterrador ocurrió al mediodía: la encontré parada inmóvil frente al gran espejo del pasillo, inclinando la cabeza en ángulos imposibles y sonriendo con una mueca vacía, carente por completo de emoción humana.
Cuando le hablé por la espalda y toqué su hombro, su piel se sentía tan fría como el mármol a la intemperie. Se dio la vuelta con una lentitud mecánica y me dijo con una voz metálica, apenas un susurro: «Él ya casi termina de memorizarnos». Salí corriendo despavorido hacia la sala, pero mis padres creen que solo estoy exagerando para llamar la atención y forzar nuestro regreso a la ciudad. No comprenden que el peligro es real y que cada segundo que pasamos bajo este techo nos acerca más a un abismo irreversible.
17 de octubre
No hay escapatoria. Una tormenta torrencial derribó los postes de luz y el camino de tierra hacia el pueblo quedó completamente anegado por el lodo. Estamos incomunicados, a oscuras y a merced de lo que sea que habite en las entrañas de esta casa.
Hace una hora subí nuevamente al desván con la firme intención de destruir el espejo con un martillo, pero ya era demasiado tarde. La sábana estaba en el suelo. La superficie del cristal no devolvía el reflejo de la habitación polvorienta ni la silueta de mi cuerpo tembloroso; en su lugar, mostraba un pasillo oscuro idéntico al nuestro, pero sumido en una penumbra infinita donde decenas de figuras pálidas y sin rostro aguardan pacientes frente al borde del vidrio.
Ahora estoy encerrado en mi habitación, atrancando la puerta con el escritorio y el armario. Papá y mamá golpean desde afuera con una sincronía perturbadora, repitiendo una y otra vez que abra, pero sus voces suenan planas, distorsionadas, como ecos lejanos emitidos por una grabadora descompuesta. Detrás de ellos distingo la risa infantil de Lucía, que ya no suena como la de mi hermana. El golpeteo en la madera se intensifica al ritmo de los latidos desesperados en mi pecho: tac, tac, tac. Veo cómo la cerradura empieza a girar lentamente desde afuera.
- alcanfor:
- Sustancia blanca y aromática de olor penetrante que se usa comúnmente para conservar ropa y ahuyentar insectos.
- concéntricos:
- Figuras o círculos que comparten el mismo centro pero tienen distintos radios.
- percudida:
- Prenda o tela que ha perdido su blancura original y luce sucia o desgastada por el paso del tiempo.
- anegado:
- Terreno o camino completamente cubierto o inundado de agua o lodo.
- penumbra:
- Estado de sombra débil o iluminación muy escasa entre la luz y la oscuridad total.
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Sobre esta lectura de diario para 8.º grado
«Las sombras del desván de San Ignacio» es una lectura de diario sobre Suspenso, escrita para 8.º grado. Se lee en unos 5 minutos (817 palabras) e incluye un cuestionario interactivo y una hoja de trabajo imprimible con preguntas de comprensión y su solucionario.
