El sol de la mañana calentaba los senderos polvorientos del Zoológico de la Ciudad mientras Leo se apresuraba hacia el hábitat de los elefantes. Había esperado durante semanas para ver a la habitante más nueva, una cría de elefante llamada Tulu. Cuando por fin llegó al mirador, ya se había reunido una multitud, pero Leo logró encontrar un lugar justo junto a la barandilla de madera.
Al principio, todo lo que Leo vio fueron las enormes patas grises de los elefantes adultos. Se alzaban como pilares gigantes en la arena. De repente, una pequeña cabeza arrugada asomó detrás de una gran elefanta. ¡Era Tulu! Era mucho más pequeña de lo que Leo esperaba, pues apenas alcanzaba la altura de la rodilla de su madre. Su piel estaba cubierta de vellos finos y oscuros, y sus orejas parecían un poco demasiado grandes para su cabeza, balanceándose de un lado a otro mientras trotaba al descubierto.
Leo observó con alegría cómo Tulu intentaba usar su trompa. Parecía tener vida propia, moviéndose sin control mientras intentaba oler un poco de heno. «Todavía no comprende muy bien cómo funciona», pensó Leo con una sonrisa. Tulu pisó torpemente su propia trompa y soltó un pequeño trompeteo agudo que hizo reír a la multitud. Su madre, una gigante gentil llamada Maya, usó su propia trompa poderosa para guiar a Tulu de vuelta al centro de la manada.
Los cuidadores del zoológico habían colocado una piscina poco profunda con agua en el recinto para mantener frescos a los animales. Tulu marchó hacia ella con gran determinación. Chapoteó en el agua, pateando con fuerza y salpicando por todas partes. Los elefantes mayores la vigilaban de cerca, manteniéndose siempre a su alcance. Leo se dio cuenta de que toda la manada trabajaba en conjunto para mantener a salvo a la cría. Cuando Tulu finalmente se cansó y se recostó contra su madre para tomar una siesta, Leo se sintió afortunado de haber presenciado el primer gran día de la pequeña elefante bajo el sol.



