El sol caía con fuerza sobre la cancha de fútbol de la comunidad mientras los Rockets se enfrentaban a los Tigers. El marcador estaba empatado y solo quedaban tres minutos en el reloj. Leo sentía el sudor correr por su frente, pero no era solo el calor lo que lo hacía sentir inquieto. Su corazón le golpeaba contra las costillas como un pájaro atrapado.
De repente, el balón rodó directo hacia él. ¡Esta era la oportunidad! Leo pateó con fuerza, apuntando a la esquina de la portería. Pero en lugar de escuchar el sonido del balón entrando a la red, oyó el silbato agudo del árbitro. La pelota había volado muy por encima del travesaño y cayó muy lejos, fuera de la cancha.
Leo sintió una ola de frustración caliente subir desde su pecho hasta su cara. Apretó los puños con fuerza y sintió que iba a explotar o a romper en llanto. Estuvo a punto de dar un pisotón en el suelo, listo para gritarse a sí mismo por haber fallado un tiro tan fácil. Entonces, recordó lo que el entrenador Miller le había dicho durante una práctica: "Cuando el juego haga demasiado ruido en tu cabeza, busca tu respiración".
Leo se detuvo en seco y cerró los ojos por un momento. Ignoró los gritos del público y los pasos pesados de los otros jugadores que corrían cerca. Tomó una respiración lenta y profunda por la nariz, contando hasta cuatro. Sintió cómo sus pulmones se llenaban de aire fresco. Luego, soltó el aire despacio por la boca, imaginando que todo ese enojo caliente salía de su cuerpo como el vapor de una tetera.
Lo hizo una vez más. En la segunda exhalación, sus hombros se relajaron y bajaron, y abrió las manos. El mundo ya no se sentía tan abrumador. Cuando abrió los ojos, ya no estaba pensando en el gol fallido. Estaba listo para la siguiente jugada. Asintió hacia su compañero de equipo y trotó de vuelta a su posición, sintiéndose firme, tranquilo y concentrado.



