En lo alto de los escarpados acantilados del Gran Risco, Pip recogió sus alas de cuero bien pegadas al cuerpo. Debajo de él, la selva prehistórica parecía un mar verde esmeralda salpicado por las cintas plateadas de ríos serpenteantes. Pip era un joven pterodáctilo, y hoy era el día en que debía realizar su primer vuelo en solitario a través del valle.
Su madre, una criatura magnífica con una envergadura tan ancha como un bote pequeño, volaba en círculos elegantes sobre él. «El viento es tu amigo, Pip», le gritó con una voz que resonaba contra la piedra. «Siente el calor que sube desde el fondo del valle. Eso te elevará».
Pip respiró hondo, oliendo el musgo húmedo y el aroma lejano a sal del océano. Su corazón latía contra sus costillas como un pájaro atrapado. Vio a su hermana mayor, Serafina, lanzarse sin miedo desde una cornisa cercana. Ella dobló las alas, cayó en picada durante unos segundos y luego las abrió de golpe. Con un movimiento potente, atrapó una cálida corriente ascendente y subió en espiral hacia las nubes.
«Tú puedes hacerlo», se susurró Pip a sí mismo. Se acercó lentamente hasta el borde mismo del precipicio. Los guijarros se movieron bajo sus garras, cayendo al abismo. Miró hacia el horizonte, donde el sol apenas comenzaba a subir. Sabía que el Gran Risco le brindaba seguridad, pero el cielo le ofrecía el mundo entero.
De repente, una fuerte ráfaga de viento barrió la pared del acantilado. El aire agitó la fina pelusa del cuello de Pip. Sin permitirse dudar ni un momento más, se impulsó hacia adelante con sus fuertes patas traseras. Durante un latido aterrador, sintió la gravedad que le revolvía el estómago. Luego, extendió sus dedos largos y delgados. La piel de sus alas quedó tensa, atrapando el aire como las velas de un barco.
En lugar de caer, Pip sintió un impulso repentino. El aire lo empujó hacia arriba, más alto que el propio Risco. Inclinó la cabeza y el mundo se inclinó con él. No estaba cayendo; estaba planeando. El miedo se evaporó y fue reemplazado por una enorme sensación de libertad. Soltó un chillido triunfal que resonó por todo el valle antiguo. Pip ya no era solo una criatura de los acantilados; por fin era el dueño del cielo.



