Pip era un pequeño dragón verde. Vivía en una cueva en una montaña alta.
Su cueva era acogedora y cálida. Tenía una cama hecha de heno suave.
Pip tenía un secreto. Tenía un montón de monedas de oro.
Las monedas eran brillantes y amarillas. Destellaban con la luz.
Cada mañana, Pip se despertaba. Iba hacia su montón de oro.
Usaba sus pequeñas garras para contar. "Uno, dos, tres", decía Pip.
A Pip le encantaba su tesoro. Pulía cada moneda con un paño.
Quería que brillaran como estrellas. Se sentía muy orgulloso de su botín.
Un día, Pip encontró algo nuevo. Era una campana dorada atorada en la tierra.
Pip jaló y jaló. Por fin, la campana salió.
La campana hacía un sonido dulce. "¡Tilín, tilín!", sonaba.
Pip saltó de alegría. Corrió de regreso a su cueva lo más rápido que pudo.
Puso la campana encima de sus monedas. Se veía perfecta allí.
Ahora su tesoro era aún mejor. Era el mejor montón del mundo.
Pip se sentó junto a su montón. Se sentía feliz y seguro.
Un dragón bebé necesita su oro. Hace que la cueva se sienta como un hogar.
De repente, un pajarito azul entró volando. El pájaro miró el oro brillante.
Pip no quería esconder sus cosas. Quería mostrárselas a su nuevo amigo.
"Mira mi campana", le dijo Pip al pájaro. El pájaro cantó una canción alegre.
Pip sonrió con una gran sonrisa de dragón. Le gustaba tener un amigo de visita.
Sabía que su oro era especial. Pero compartir la vista también era divertido.
Pip sintió sueño después de su largo día. Se acurrucó sobre el heno suave.
Se quedó dormido junto a su montón brillante. Tuvo dulces sueños con oro y campanas.



