En lo profundo de los picos escarpados de las Montañas de Obsidiana vivía un dragón llamado Ignis. Ignis era colosal, con escamas del color de la lava derretida que brillaban incluso en la tenue luz de su caverna. Cuando exhalaba, finas volutas de humo salían de sus fosas nasales y un leve retumbo, parecido a un trueno lejano, hacía vibrar el suelo de piedra.
Durante generaciones, los habitantes del valle contaban historias sobre el "Escupefuego". Creían que Ignis era un monstruo feroz esperando quemar sus campos. Sin embargo, Leo, un niño curioso de diez años al que le encantaba escalar, no estaba tan seguro. A menudo había observado al dragón desde lejos y notó que Ignis nunca molestaba a nadie. Parecía más interesado en tomar siestas en las altas cumbres que en atacar a la gente del valle.
Una fría tarde de otoño, Leo decidió subir hacia el Pico Brasa. Llevaba una pequeña bolsa de manzanas secas y el corazón lleno de nervios y emoción. Al llegar a una cornisa alta, vio a Ignis posado sobre una roca plana. Las alas del dragón, anchas como velas de barco, estaban extendidas para aprovechar la última luz del sol. Leo se escondió detrás de una gran roca para observar a la magnífica criatura.
De repente, un viento frío sopló por el cañón y Leo se estremeció, pateando por accidente una piedra suelta. La piedrita cayó rodando por el acantilado. Ignis giró su enorme cabeza de inmediato. Sus ojos, brillantes como linternas doradas, se clavaron en el pequeño niño. Leo se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. En lugar de rugir, el dragón inclinó la cabeza con curiosidad, como si estuviera estudiando a un insecto extraño y nuevo.
Ignis abrió sus grandes fauces. Leo se preparó para recibir una ráfaga de calor, pero no hubo ningún rugido. En cambio, el dragón soltó una suave y controlada llamarada de color naranja brillante hacia una pila de leña seca cerca de la cornisa. En cuestión de segundos, una alegre fogata comenzó a crepitar, enviando olas de calor hacia Leo.
"Gracias", susurró Leo, acercándose con cuidado al calor. Ignis soltó un suave bufido y apoyó la cabeza sobre sus garras. No era un monstruo; era un guardián que simplemente disfrutaba del calor de su propio fuego. Leo se sentó junto a las llamas hasta que salieron las estrellas, comprendiendo que a veces las cosas a las que más tememos solo están esperando ser comprendidas.



