Barnaby no era un gato callejero común y corriente. Mientras que la mayoría de sus amigos pasaban las tardes persiguiendo sombras o hurgando en basureros plateados, Barnaby tenía un gusto por las cosas más refinadas de la vida. Era un gato regordete de color anaranjado con un pelaje tan brillante como una moneda de cobre y una pata delantera perfectamente blanca que parecía un calcetín diminuto.
Una tarde fría de otoño, una ráfaga de viento empujó a Barnaby hacia una calle estrecha que nunca antes había visitado. Allí, escondida entre una panadería y una tienda de relojes, se encontraba una tienda con un letrero que decía «La Página Polvorienta». Las ventanas estaban llenas de altas pilas de libros y una luz cálida y dorada se derramaba sobre la acera. Cuando un cliente abrió la puerta, una pequeña campanilla de plata tintineó, y Barnaby aprovechó la oportunidad para entrar.
El aire dentro de la librería olía a papel viejo y té de menta. Barnaby paseó por los pasillos mientras su cola se movía de emoción. Encontró el rincón perfecto sobre un sillón de terciopelo en la sección de historia. Era lo más suave que jamás había sentido. Justo cuando se acomodaba para tomar una siesta, un par de lentes gruesos se asomó por encima de un mostrador de madera. Era el señor Penhaligon, el encargado de la tienda.
—Vaya, vaya —susurró el señor Penhaligon con una voz tan suave como las hojas de un libro—. Supongo que toda buena biblioteca necesita un guardián. Pareces un compañero muy distinguido.
En lugar de ahuyentarlo, el señor Penhaligon buscó en su escritorio y sacó un platito de leche. Barnaby ronroneó tan fuerte que las tablas del piso parecían vibrar. A partir de ese día, Barnaby dejó de ser un gato callejero. Se convirtió en el comité oficial de bienvenida de La Página Polvorienta. Pasaba sus mañanas durmiendo sobre las novelas de misterio y sus tardes recibiendo caricias de los niños. Barnaby por fin había encontrado la calidez que siempre había soñado, refugiado justo entre las páginas de una historia.



