Las orejas de Cooper ondeaban con el viento mientras Mia bajaba la ventanilla del auto. Podía oler la sal en el aire antes de siquiera ver el azul del horizonte. Cuando los neumáticos por fin crujieron sobre la grava del estacionamiento, Cooper soltó un ladrido de alegría. Este no era el parque de siempre con su césped podado y sus conocidos robles; este era el inmenso y salvaje océano.
En cuanto sus patas tocaron la arena, Cooper se dio cuenta de que no se parecía a ninguna tierra en la que hubiera escarbado antes. Era cálida, suave y se movía bajo su peso. Empezó a correr hacia el agua, moviendo la cola tan rápido como un limpiaparabrisas a toda velocidad. De repente, un pequeño sonido rítmico le llamó la atención. Se detuvo a investigar un montón de algas y encontró una concha marina rosada y perfectamente lisa escondida en el interior. La empujó suavemente con su húmeda nariz, intrigado por este pequeño tesoro de las profundidades.
La primera ola que le tocó las patas lo hizo saltar hacia atrás por la sorpresa. El agua estaba fría y espumosa, y le dejó burbujas blancas sobre su pelaje dorado. Le ladró a la marea que se alejaba, retándola a regresar. Cuando llegó la siguiente ola, Cooper no huyó. Al contrario, chapoteó directo en la espuma poco profunda, mordisqueando las burbujas y dejando que el agua fresca le cubriera las patas. Pasó el resto de la tarde persiguiendo gaviotas que revoloteaban fuera de su alcance y cavando un hoyo lo bastante grande para esconder su pelota de tenis favorita.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y morados, Cooper por fin se sentó. Estaba cubierto de arena y sal, pero nunca se había sentido más feliz. Mia se sentó a su lado y le rascó las orejas llenas de arena. La playa era un lugar mágico y, cuando las primeras estrellas comenzaron a titilar sobre el Atlántico, Cooper supo que había encontrado su nuevo lugar favorito para jugar.



