Cada mañana antes de ir a la escuela, Leo bajaba a la caleta rocosa detrás de su casa. El aire siempre se sentía fresco y salado, y el sonido de las olas al romper parecía el latido de un corazón. La parte favorita de la mañana para Leo era visitar a las focas comunes. A menudo descansaban sobre las rocas planas y soleadas, luciendo como salchichas gigantes, lisas y grises.
Entre el grupo, había una foca que Leo reconocía por una pequeña mancha en forma de corazón en su costado. La llamó Perla. Por lo general, Perla era la primera en lanzarse al agua y asomaba la cabeza para mirar a Leo con ojos oscuros y curiosos. Pero hoy, Perla no estaba chapoteando ni buceando. Estaba acurrucada cerca de la orilla de una poza de marea, temblando.
Al acercarse, Leo vio el problema. Una red de pesca de color verde brillante estaba enredada en la aleta trasera de Perla. Entre más se movía, más se apretaba la malla de plástico. Leo sabía que no debía tocar a un animal salvaje, pero también sabía que Perla estaba en peligro. Mantuvo la calma y habló con una voz suave y baja para no asustarla.
—Todo estará bien, Perla —susurró Leo—. Voy por ayuda.
Leo corrió de regreso a casa para buscar a su mamá, quien trabajaba como voluntaria en el centro marino local. Juntos tomaron unas tijeras especiales de rescate y un par de guantes gruesos. Cuando volvieron a la caleta, Perla seguía allí y se veía agotada. Leo observó desde una distancia segura mientras su mamá cortaba con cuidado la red enredada.
En cuanto cortó el último hilo, Perla no esperó ni un segundo. Se deslizó con gracia en el agua. Nadó unos metros, luego se dio la vuelta y golpeó la superficie con su aleta, lanzando un chorro de agua por el aire. Leo se rió mientras se limpiaba una gota de la mejilla. Sabía que Perla había regresado a su hogar, libre para recorrer una vez más el inmenso océano azul.



