Afuera hacía frío y nevaba. Adentro, la cocina estaba muy tibia y brillante.
Tim y Mia se sentaron en la mesa grande. Tenían un kit especial para armar una casa de jengibre.
Mamá les ayudó a levantar las paredes de color marrón. Usó un glaseado blanco y espeso para pegarlas.
"Esperen a que se seque el pegamento", dijo mamá con una sonrisa. El glaseado parecía nieve dulce y blanca.
Tim eligió unos dulces redondos y rojos. Los puso en fila sobre el techo.
Mia tenía arbolitos verdes hechos de azúcar. Los colocó en el jardín delantero de la casa.
Usaron estrellas amarillas para las ventanas. La casa empezó a verse muy bonita y brillante.
"¿Podemos comer un pedacito ahora?", preguntó Tim. Tenía un poco de glaseado en la nariz.
Mamá se rió y movió la cabeza diciendo que no. "Primero tenemos que terminar el jardín", dijo.
Mia encontró unas pequeñas mentas blancas. Hizo un camino desde la puerta hasta el borde.
Parecía un verdadero camino de piedras. Tim agregó una barra de chocolate para la puerta principal.
La cocina olía a jengibre y canela. Era el olor más rico de todo el mundo.
Trabajaron durante mucho tiempo en la casa. Por fin, la casa de dulces quedó terminada.
Tenía un techo rojo y arbolitos verdes. Tenía una puerta de chocolate y un camino de menta.
"¡Es demasiado hermosa para comerla!", exclamó Mia. Pero Tim solo se chupó un dulce del dedo pulgar.
Mamá les tomó una foto a los niños con la casa. Todos estaban muy felices y muy manchados.
La nieve seguía cayendo afuera de la ventana. Pero adentro, la casa de dulces estaba a salvo y deliciosa.
Limpiaron el glaseado pegajoso de la mesa. Luego se sentaron a tomar un poco de leche tibia.
Tim miró la casita de jengibre. Sabía que sabría muy rica mañana.
"Me encanta hacer cosas contigo", dijo Mia. Tim asintió y terminó su leche.
Fue un día perfecto para una casa de dulces. Estaban orgullosos de su gran trabajo.



