A la princesa Elara de Oakhaven no le gustaba el bordado ni sentarse sobre cojines de terciopelo. Mientras que a su padre, el rey, le preocupaba el dragón que vivía en la cima del Pico de las Cenizas, Elara sentía mucha curiosidad. Las leyendas del reino hablaban de una bestia que escupía fuego y acumulaba oro robado, pero Elara había notado algo diferente. Cada tarde, un extraño y brillante humo naranja salía de la montaña, con un olor que no era a azufre, sino a tierra cocida.
Un martes, Elara empacó sus botas resistentes y una bolsa con pinturas duraderas. Subió por el sendero serpenteante hacia la cumbre con el corazón latiendo a toda prisa al llegar a una enorme caverna. En lugar de montones de oro robado, la cueva estaba llena de imponentes estatuas de caballeros, caballos y árboles. En el centro se encontraba un dragón del color del atardecer, esculpiendo con cuidado un bloque de piedra con sus garras calientes y brillantes.
—Es una increíble semejanza del jardín real —dijo Elara, saliendo hacia la luz.
El dragón saltó del susto, casi derribando su obra. —Tú no eres un caballero —rugió con una voz profunda como piedras moliéndose—. ¿Dónde está tu espada?
—No necesito una espada para entrar a una galería de arte —respondió Elara, ofreciéndole su bolsa—. Traje algunos pigmentos. Pensé que a tus estatuas les vendría bien un poco de color.
El dragón, que se llamaba Ignis, suspiró aliviado. Le explicó que no deseaba quemar aldeas; solo quería crear. Sin embargo, su fuego solía ser demasiado caliente para la mayoría de los materiales y sus garras eran demasiado afiladas para trabajos delicados. Se sentía muy solo y vivía escondido porque todos asumían que era un monstruo.
Elara e Ignis pasaron la tarde trabajando juntos. Elara le enseñó a mezclar colores e Ignis le mostró cómo usar el fuego de dragón para esmaltar cerámica en segundos. Ambos hicieron un pacto: Elara le traería materiales y compañía, e Ignis dejaría de lanzar los rugidos que asustaban a los habitantes del pueblo. El problema del dragón de Oakhaven finalmente se resolvió, no con una batalla, sino con un pincel.



