Mia estaba sentada en su pequeño escritorio de madera, mientras el sonido de la lluvia golpeaba suavemente la ventana de su habitación. Frente a ella tenía un libro para colorear nuevo, con páginas limpias y blancas. Abrió el libro por la mitad y se detuvo. Allí estaba ella: una princesa de pie en un balcón, contemplando un vasto reino de colinas onduladas y torres lejanas.
La mayoría de la gente habría elegido un crayón amarillo dorado para el cabello de la princesa, pero Mia quería algo diferente. Escogió un tono violeta oscuro. Mientras rellenaba con cuidado los mechones ondulados, Mia imaginó que esta era la princesa Elara. Elara no era una princesa que esperaba ser rescatada; era una princesa que estudiaba las estrellas y hablaba el idioma de las aves.
Luego siguió el vestido. En lugar de un simple rosa o azul, Mia usó un verde azulado resplandeciente. Añadió pequeños puntos plateados con un bolígrafo de brillantina para que parecieran la luz de las estrellas atrapada en la tela. Con cada trazo de su lápiz, el mundo en la página se sentía un poco más real. Casi podía oler el jazmín que crecía en el balcón y escuchar el aleteo de unas alas.
En la esquina de la página, había una pequeña criatura que parecía un perro. Mia decidió que no era un perro en absoluto. La pintó de verde esmeralda y le añadió escamas naranjas a lo largo del lomo. Ahora era un dragón en miniatura, el leal compañero de Elara, llamado Flicker.
Para cuando el sol comenzó a asomarse entre las nubes afuera, la página para colorear estaba terminada. Mia la sostuvo en alto y admiró los colores vibrantes. La princesa Elara se veía valiente y brillante, lista para una aventura. Mia se dio cuenta de que colorear no se trataba solo de mantenerse dentro de las líneas; se trataba de usar la creatividad para construir un mundo que nunca antes había existido. Guardó la página en su carpeta, sintiendo como si hubiera hecho una nueva amiga.



