La princesa Elara se deslizó a través de las pesadas puertas de roble del palacio y entró al Jardín Real del Sol. Aunque la mayoría de las personas del reino adoraban los grandes salones de baile y el brillante salón del trono, Elara se sentía más a gusto entre las enredaderas y las flores. El jardín era un mar de color verde esmeralda, salpicado de todos los colores imaginables. Altos girasoles se alzaban como guardianes dorados a lo largo del perímetro, asintiendo con sus pesadas cabezas ante la suave brisa.
Hoy, Elara decidió explorar el Bosque Susurrante, un rincón apartado del jardín donde la hiedra crecía tan espesa que parecía una alfombra verde. Rozó un grupo de hortensias azules que se sentían tan suaves como la seda. El aire estaba impregnado del dulce aroma del jazmín y del zumbido de las laboriosas abejas. Elara siguió un estrecho sendero de piedra que serpenteaba y daba vueltas como un laberinto, llevándola cada vez más profundo en el exuberante follaje.
Al doblar una curva cerrada, descubrió algo que nunca antes había visto. Escondido detrás de un sauce llorón había un pequeño claro circular. En el centro se encontraba una antigua fuente de piedra, cuya agua brillaba como diamantes líquidos bajo la luz moteada del sol. Alrededor de la fuente crecían raras flores llamadas «Lirios de Luna», que solo florecían en la sombra más profunda. Sus pétalos brillaban con una tenue luz plateada, haciendo que todo el claro pareciera mágico.
Elara se sentó en el borde de la fuente, observando a un par de libélulas iridiscentes cruzar velozmente sobre el agua. Por un momento, olvidó sus lecciones reales y las largas reuniones a las que debía asistir más tarde. En el corazón del jardín, sintió una paz que ninguna habitación del palacio podría brindarle jamás. Se dio cuenta de que la verdadera corona de su reino no estaba hecha de oro, sino de la belleza viva que respiraba a su alrededor.



