A la princesa Elara no le interesaba aprender a bailar el vals perfecto ni memorizar la larga historia de las disputas fronterizas de su reino. En cambio, pasaba la mayor parte de sus tardes escondida en el rincón polvoriento de la biblioteca real, rodeada de trozos de carbón y pedazos de pergamino. Mientras sus hermanas usaban vestidos de seda, los dedos de Elara solían estar manchados con los azules profundos y los rojos vibrantes de sus pigmentos favoritos.
Un martes lluvioso, mientras buscaba en un cofre de pergaminos viejos, Elara descubrió una sola hoja de papel grueso. Parecía una página para colorear, pero las líneas no se parecían a nada que hubiera visto antes. Brillaban con una suave luz plateada y mostraban un jardín intrincado lleno de flores que no existían en los jardines del castillo. Había enredaderas onduladas, flores en forma de campana y pequeñas criaturas aladas escondidas entre las hojas. Emocionada por el desafío, Elara tomó su caja de crayones de cera y comenzó a pintar.
Al presionar un crayón amarillo brillante en el centro de una flor grande, ocurrió algo extraordinario. El papel se sintió tibio bajo su mano. Cuando terminó de colorear los pétalos, un suave aroma a jazmín y miel subió desde la página. Elara se asombró y retiró la mano, pero el aroma permaneció, llenando el rincón de la biblioteca. Animada, tomó un verde esmeralda intenso y comenzó a sombrear las hojas. A medida que el color llenaba los contornos, escuchó el suave e inconfundible susurro del viento entre los árboles, aunque las ventanas de la biblioteca estaban bien cerradas.
Para cuando Elara tomó un azul zafiro brillante para colorear las pequeñas criaturas aladas, la habitación se llenó con el canto de las aves y la fresca brisa de una cascada oculta. Se dio cuenta de que no era un dibujo común; era una ventana encantada hacia otro reino. Cada trazo de su mano traía más de ese mundo oculto hacia el suyo.
Cuando la página estuvo finalmente completa, el jardín en el papel pareció brillar con vida propia. Elara sonrió, al darse cuenta de que su arte era más que un simple pasatiempo. Era una manera de descubrir magia en los lugares más inesperados. Guardó con cuidado la obra maestra viviente en su cuaderno de dibujo, preguntándose qué otros mundos estarían esperando a que ella les diera vida con el color.



